Échame a mí la culpa de lo que pasa


Cuba debiera ser alguna vez veraz en su esencia (que no es lo mismo que decir: algún día verás esencias). Desde que la descubriera el marino genovés, catalán, florentino, portugués, gallego Cristóforo Colombus, Cristóbal para los amigos, la isla ha sido como una forja tremenda y espontánea de disparates.

La llegada y la conquista aceleraron las cosas, aunque uno de los primeros desatinos, inventado por taínos y siboneyes, fue cocinar la   yuca para después hacer unas tortas grandes y desabridas que llamaron casabe. Disparate este que cinco siglos más tarde, a unos gobernantes con cerebro taíno, se les ocurriría ofrecerle a la población como si fuera un hallazgo.

Una isla rodeada de agua por donde comenzó a llegar gente. Ahí nació la insana costumbre de echarle la culpa de todo al que arribara. O a lo que no dejara que nada arribara, por ejemplo, el criminal bloqueo. Los aborígenes diseñaron desde entonces una línea de ropa fresca y escasa que los cubanos usarían muchísimos años más tarde, y hubo otros aportes aparte: la coa, la tea, el cocoa y Guanabacoa. Se adelantaron en eso de alimentarse de jutías al general Guillermo García Frías, y el cacique Hatuey, que tenía larga vista y mucho ojo para el futuro de la patria, supo inventar el fogón de leña.

Otro de los absurdos que tendrían resonancia siglos después fue el de apagar las hogueras cuando caía completamente la oscuridad, adelantándose de ese modo a los apagones. También fue un desliz dejarse ver fumando tabacos delante de los españoles cuando fueron descubiertos. Así el cultivo siguió siendo su responsabilidad, pero el comercio y la distribución pasó luego a manos extranjeras.

La isla continuó cosechando disparates. Pero siempre se mantuvo una norma: la culpa de lo malo era de afuera. Si un cocodrilo mordía a un indio, el error de la naturaleza era haber desbordado la ciénaga. Si era el indio el que mataba al cocodrilo era porque había viajado al extranjero y había visto en alguna vidriera que la gente se hacía zapatos y carteras con la piel. El hábito prendió, se quedó, entusiasmó y quitó las culpas entre quienes vivían en el mismo territorio bajo el mando del cacique y las orientaciones del behique.

He hecho todo este recorrido histórico-sicológico por algo muy reciente que resume esa manera de pensar y que parece estar ya instalado en la silla turca de los que mandan, orientan y deciden en Cuba. La noticia es terriblemente absurda. Pero ya no asombra que, en el país del absurdo, con una constitución absurda, una ideología absurda y absurdos dirigentes, se hagan estas cosas absurdas y a la zurda. Injustas y alejadas de la lógica humana.

“Los residentes del edificio ubicado en Vives 102, entre Águila y Revillagigedo, en La Habana Vieja, donde tres niñas cubanas fallecieron el 27 de enero de 2020 al derrumbarse un balcón sobre ellas, han sido condenados a siete años de cárcel”, es decir, no es el gobierno, ni las autoridades, que debían velar por la seguridad de sus ciudadanos, los culpables son los que habitaban aquel inmueble en mal estado.

Siempre hay un culpable palpable. Un culpable, que es el primero que no sabe que tiene culpa, ni cuál sería, pero es el más a mano. Podrían haber acusado al capitán general español, a cualquiera de ellos (menos a Valeriano Weyler, que estaba muy ocupado reconcentrando gente), por permitir que el edificio envejeciera. O bien podrían haber culpado a los arquitectos o los constructores que levantaron la propiedad en el siglo XVIII o XIX, porque robaron parte de la argamasa que se usó o porque los ladrillos fueron hechos con un barro diferente. Es lo mismo que culpar a Jacques de Sores por los problemas de deterioro de La Habana, o a la metralla de aquellos ingleses que tomaron la capital en 1762.

Lo cierto es que toda Cuba está agujereada y cuarteada. Por doquiera hay baches y brechas que han abierto, como si fueran heridas sentimentales, la desidia. Son tantos los huecos que la realidad cubana parece un queso gruyere, aunque suena inmoral hablar de queso gruyere delante de un pueblo que ya no sabe qué es un queso, y menos gruyere.

La última vez que se escuchó ese nombre (en realidad no se oyó, sino que se leyó) fue en las páginas cochinitas del Granma, Órgano oficial de etcétera, etcétera y etcétera, cuando los trabajadores (abre huecos) del supuesto Metro de La Habana (que era el disfraz para horadar la ciudad por debajo con esos horribles y misteriosos túneles de la defensa, al mejor estilo de los terroristas sanguinarios de Hamás o de un grupo de narcotraficantes) se comprometían ante el comandante en jefe a “dejar a La Habana como un queso gruyere”. Y así mismo fue, querere o no querere. Treinta años después La Habana se derrumba. Si alguien estornuda en Playa, se cae un edificio en Centro Habana.

Lo que está en mal estado es el estado, que no llega a ser y nunca fue un estado, por el estado de cosas, producto del estado mental de quien lo comenzó todo: el que se creía diosito, el que había sobrevivido (según él y sus cuates cuatreros) a más de seiscientos atentados. Al que desniveló y hundió al país, jugando a ser dirigente-veterinario-médico-arquitecto-experto en botánica-general de tropas-analista y arqueólogo.

Adrián Frómeta González, el hombre que ha sido condenado junto a su esposa, dijo: “Nos están imputando siete años de privación de libertad, tanto para mí como para mi esposa, y seis años para mi hermano y mi tío por el simple hecho de que están culpándonos de que nosotros tumbamos el balcón que mató a las muchachitas, cuando allá arriba en esa casa los únicos que trabajaron fueron organismos que trabajan para el Estado”. 

Y también reafirmó que “desde 2014, su esposa ha tocado todas las puertas para “resolver el problema de las filtraciones y el mal estado constructivo” de su vivienda”. Y que no se quedaron con los brazos cruzados, y el balcón se desprendió por indolencia. También declaró: “Hemos ido a Atención a la Población de la Plaza de la Revolución y nos dijeron que ahí no reciben ese tipo de casos”. Y uno se pregunta ¿qué tipo de casos atienden en Atención a la Población?

Pero ya las autoridades, por decirlo de algún modo, tienen a los culpables que necesitaban. Mientras, en el momento del lamentable suceso, la prensa partidista y nacional se debatía entre si las víctimas eran niñas o ya eran adolescentes, como si la edad fuera importante para morir aplastadas. 

Es un verdadero milagro que ninguno de los payasos de siempre haya salido a la pista del circo. Imagino a Díaz-Canel con sus zapatones coloridos y a Bruno Rodríguez Parrilla, con su roja y brillante nariz, junto con otros miembros de GAESA, tirando serpentinas y gritando que la culpa es del bloqueo.



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