Telemarketers: la mayor estafa del telemarketing de Estados Unidos

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La nueva serie documental de HBO Max recuerda cómo un grupo de delincuentes logró recaudar millones de dólares llamando en nombre de asociaciones benéficas de la Policía

Imagen del documental 'Telemarketers'
Imagen del documental ‘Telemarketers’HBO MAX

Ya nadie coge llamadas de números desconocidos: lo más probable es que se trate del teleoperador de una compañía de teléfono, luz, gas o agua, dispuesto a todo para obligarnos a replantearnos nuestra economía doméstica en una operación que, supuestamente, sólo llevará cinco minutos.

Los teleoperadores comerciales son las llamas de nuestro infierno cotidiano, los tenemos completamente demonizados por mucho que sepamos que los culpables del acoso son más bien aquellos que les han sentado a llamar a cambio de una paga irrisoria. Telemarketers, la nueva serie documental de HBO Max, no llega para modificar nuestra opinión al respecto. Al contrario, después del primero de los tres episodios de una hora de duración ya disponible en la plataforma, estamos meridianamente seguros de que nunca más cogeremos la llamada de un número que no tengamos en la agenda.

Producida por los hermanos Safdie, los genios del cine indie americano, y el actor Danny McBride, entre otros, Telemarketers es la historia de la mayor estafa del telemarketing americano, contada por uno de los ex empleados de CDG (Civic Developement Group), Sam Lipman-Stern, que empezó a grabar lo que acontecía en la empresa desde que, a los 14 años, cuando corría el año 2001, encontró hueco en un cubículo equipado con teléfono y ordenador.

Lipman-Stern había abandonado los estudios, y no era más que un skater sin futuro de los suburbios de New Jersey que invertía su tiempo en ponerse ciego con los colegas. Si era muy joven para McDonalds o Burger King, los reclutadores de CDG lo acogieron con los brazos abiertos, porque básicamente no tenían miramientos. Es más, era de las pocas empresas que no sólo no pedía los antecedentes penales, sino que directamente contraba delincuentes, recién salidos de la cárcel o en libertad provisional. Toda una escuela de la vida para un adolescente: asesinos, atracadores, camellos y prostitutas en activo.

Si pudo grabar libremente con su cámara, fue porque el ambiente era un jolgorio tan descontrolado que la oficina de El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013) parece al lado cosa de niños. Alcohol a raudales, toda clase de drogas, sexo casual, carreras en sillas rodantes, despiporre constante. La regla era que no había reglas si los resultados estaban por encima de la cuota mínima. De lo contrario, a la calle. Los que se quedaban tenían el pico de oro, como el muy carismático Pat Pespas, toda «una leyenda del telemarketing», que esnifaba heroína del Bronx para ponerse a tono antes de descolgar el teléfono, y se ha convertido en la estrella máxima de Telemarketers. La cámara se enamoró de él, y él de la cámara.

Tal y como se explica en el documental, David Keezer y Scott Pash fundaron CDG en los 90 con una clara visión de negocio: si, por ejemplo, una asociación de viudas de bomberos fallecidos en acto de servicio recaudaba 150.000 dólares al año, ellos les entregaban un cheque que duplicaba esa suma a cambio de llamar en su nombre para seguir recaudando fondos.

Así lograron clientes como la Fraternal Order of Police, la asociación de policías más grande del mundo, y se convirtieron en los líderes absolutos del sector. Al principio, todavía imperaba cierto grado de prudencia: los teleoperadores tenían que decir que llamaban «de parte de la policía», y en última instancia confesar, si el cliente insistía, que CDG se quedaba con el 90 % de los ingresos.

Con el tiempo, esa prudencia inicial se volatilizó: era la policía, directamente, quien se suponía que llamaba a la honrada ciudadanía ansiosa por colaborar con las fuerzas del orden, y llenar su coche de pegatinas acreditativas (acaso para ahorrar en multas).

La compañía, que ya cambió de nombre, facturaba millones de dólares. Cayeron denuncias y multas millonarias, la empresa acabó cerrando. Pero ni Keezer, ni Pash pisaron la cárcel, se limitaron a pagar una multa de 18.8 millones de dólares en 2010, para la que tuvieron que liquidar algunas de sus McMansions, así como algún Picasso o Van Gogh, entre otros artículos de lujo. Ambos han declinado participar en el documental.



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